Ya desde 1953 la prensa caraqueña se hacía eco de las andanzas de Millán, de un lado a otro de la costa: desde “Los Dos Cerritos”  al “24 de Noviembre”, a la quebrada de “Las Pailas”, al barrio “La Lucha”, hasta asentarse en Mare-Abajo donde vivió 14 años y fundó un “Taller de Arte Popular”. En 1966, seducido por su leyenda, Luis Armando Roche realizo un cortometraje a color sobre la personalidad y la obra del artista cuyo afán de mantenerse en primer plano y de imponer su pintura lo convirtieron en el personaje que mas exposiciones ha organizado en la crónica de nuestro ingenuísmo  con el propósito de promover su propia firma y también  la de sus “colegas” pintores un tanto episódicos de los”talleres populares” del Litoral Central. Hacia 1973, desalojado por los trabajos del nuevo aeropuerto de Maiquetía, se traslado a Marapa donde compro una casa laberíntica y, poco más tarde construyo otra donde, luego de la muerte de Carmen Aranguren, su esposa de toda la vida, ahora trabaja en compañía de Hercilia Ilarreta.

Algunos rasgos comunes emparentan la obra de Millán con la de Feliciano: el hábitat, la identificación vocacional y hasta ciertas influencias de lo mas general de Feliciano sobre lo mas particular del otro. Incluso, alguna vez como el caso concreto de las “Selvas”, un deliberado propósito de emular al de Naiguatá. Millán ha desarrollado, no obstante, una labor de acentos muy personales circunscrita a experiencias autobiográficas: de su infancia y juventud, la imagen de las diversiones populares del oriente venezolano y, de su más reciente pasado, su vida de marino. Con todo, a el debemos esos bellos paisajes donde las casas semejan proas de grande buques; animadas escenas donde el pájaro guarandol cae abatido por un fogonazo de confitería. Exquisitas naturalezas muertas y florones donde el azul impone su timbre más profundo. Sus marinas expresan el amor de quien conoce todos los secretos de las balandras pesqueras del Caribe.

Sus retratos y figuras, trátense de Vírgenes o de Reinas o como aquel de su hermana María del Valle, son particularmente notables. Aluden por una parte el trabajo de los fotógrafos a domicilio que de una postal en ruinas devuelven a sus clientes una seductora imagen “iluminada” y, por la otra, la tradición retratistica donde la arclasico se funde en una suerte de alegato contemporáneo a favor de “una manera de ver” que adquiere en la obra del maestro Víctor Millán, por milagro de blancos y ultramares, una luminosidad y una transparencia subacuática que no tiene antecedentes en la pintura venezolana.

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